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DEL HARDCORE AL UNDERGROUND: CRÓNICA DE UN METALERO EN EL HIP HOP

DEL HARDCORE AL UNDERGROUND: CRÓNICA DE UN METALERO EN EL HIP HOP

Vivir en un barrio popular de Bogotá me permitió crecer escuchando un sinnúmero de artistas como el Joe Arroyo, Julio Jaramillo, Diomedes Díaz, Antonio Aguilar y hasta Luciano Pavarotti. Además, tener una familia llena de músicos, hizo que hallara un enorme valor en la música. Sin embargo, de pequeño no me atraía el famoso dembow y el boom bap de la música urbana que gustaba a mis compañeros de colegio. Mi gusto por la guitarra, me hizo acercarme a sonidos más agresivos y pesados, hasta que resulté escuchando metal. Durante esa época me negué a escuchar otros tipos de música, sin ponerme a pensar en el valor de otros tipos de arte, y caí en prejuicios y estereotipos que catalogaban a los demás géneros musicales como el hip hop. Con el tiempo, y entre más escuchaba metal, más me daba cuenta que estaba equivocado. Cada vez se me hizo más claro que todo tipo de expresión artística, es válido, y gracias a muchos de mis amigos, empecé a hallar el gusto al hip hop y al rap. 

Un sábado, un grupo de amigos que lideran Revista Índigo, me invitaron a cubrir un evento de Freestyle en la famosa plaza del Movistar Arena.  De camino, en el bus que me dejaba en la 63 con 30, me llené con la expectativa de participar en un evento como este, pues ni siquiera sabía a qué se referían con “Freestyle”. ¿Qué hacía un metalero en un evento como este?, pensé, pero cuando me encontraba en el lugar, sentí una atmósfera más que interesante. En el skate park los Bikers y los Skaters lanzaban sus trucos en las rampas y volaban de aquí a allá, mientras a un lado, un grupo de bailarines armaba una coreografía al ritmo de la música. Enfrente del coliseo se aglomeraba un gran número de personas, allí era el dichoso evento al que debíamos asistir. 

Apenas llegamos se empezó a formar un círculo, tras el llamado del host que animosamente nos convocaba. En el centro del círculo se hicieron cuatro “novatos” que voluntariamente iban a abrir la jornada. El host presentó los A.K.A –o como se hacían llamar los participantes- y pidió que sonara el beat. Al ritmo del bajo el público hizo una bulla, y luego gritaron todos al unísono “¡se lo damos en tres, dos, uno… fight!”. Los cuatro competidores, a pesar de ser novatos, lanzaban rimas espectaculares con las que trataban de insinuar superioridad sobre sus oponentes -mis compañeros me explicaron que se jugaba en el formato sangre-. Luego de tres rondas, el host gritó “¡Tiempo!”, y los jueces se dispusieron a decidir el resultado de la batalla. Dos de los participantes fueron eliminados, pero los dos restantes fueron señalados haciendo una X con los brazos -luego entendí que habían empatado-, e irían a réplica. Y así hubo otra ronda de rimas entre los dos contendientes, y finalmente se decidió sólo un ganador que aseguraba su cupo en la siguiente fase de la competencia. Así transcurrió la tarde, con un público cada vez más animado, y a pesar de la lluvia que empezaba a arreciar, los espectadores manteníamos en alto la temperatura. El agua nos hizo mover bajo un techo del coliseo, lo cual hizo que nos apretaramos para no mojarnos, sin embargo, el show debía continuar. 

Estar allí era algo extraño, me recordaba el ambiente que sentía estando en los “toques” de death metal. De alguna manera, lo underground del evento y el ánimo del público se me hicieron bastante similares. Tal vez, para muchos el Hip hop y el metal sean dos géneros totalmente diferentes, pero cuando se está presente en este tipo de escenarios, se pueden ver muchas homologías. Quizá, el concurrido círculo en el que me encontraba, no me significara lanzar puños y patadas como lo hacía en un “moshpit”, pero allí dentro se libraba una batalla a puras voces. A lo mejor, allí no tuviera que cantar a todo pulmón como en un concierto de The Faceless, pero el “¡se lo damos en tres, dos, uno… fight!” era bastante emocionante.

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Evento Steet Freestyler, realizado en el Movistar Arena en Bogotá. Aforo aproximado: 120 personas

Ya entrada la noche, terminó de llover y el gran círculo volvió a la plaza, era el turno de los “intermedios”. Entre cada batalla el host anunciaba el 4×4, término que me generaba confusión. Al principio pensé que sólo se refería a una signatura de 44 -utilizada en el metal y en casi toda la música contemporánea- luego, mis compañeros me explicaron que se trataba de lanzar cuatro versos o frases en cuatro compases. Y así fue que empecé a entender un poco más acerca de algunos de estos términos, como el doble tempo o el 12×12. Escuchar a todos estos freestylers improvisar y adecuarse a los cambios de ritmo del beat, me pareció más que sorprendente. Aquella agilidad mental y sobre todo, la seguridad frente al público, se me hizo digna de comparar con cualquier guitarrista que toca un solo o improvisa bajo el beat de una batería. 

Llegó el fin de la jornada y aunque ajeno a este tipo de eventos, me llevé una gran impresión acerca del Freestyle. Un grupo de jóvenes que a pesar de los pocos recursos, el clima, los estereotipos, y muchos obstáculos, se mantienen firmes en pro de su movimiento, y que a su manera, buscan la forma de entretenerse y expresarse. ¿Acaso esto no es lo mismo que ocurre con el metal y cualquier otro movimiento underground

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